RMFF 2016

La opresión de la ausencia

texto por Pablo Escoto, sobre Alexfilm (Pablo Chavarría Gutiérrez, 2015)

Como en sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto ya lo he hecho, piensa B, estoy borracho, no saldré jamás de aquí.[1]

Como oprime el cuerpo. ¿Qué nos queda más que nosotros mismos y las imágenes que nos demuestran que, un día, no estuvimos solos?

Una imagen hecha con los dedos, una que simula el tiempo pasado (y que en los sueños olvidamos que es un simulacro), una hecha con un hombre sólo en una casa. Un hombre con voz más joven de lo que las canas dicen, al que nunca veremos hablar. Narrando su propia historia, un paso delante de nosotros, sustrayendo el (falso) suspenso de las narrativas cotidianas. Inmerso (o encarcelado) dentro de una rutina elíptica sustentada en el tiempo cinematográfico.

¿Son las imágenes reales, o son nada más imágenes? Son reales; los recuerdos no.

La ausencia de una temporalidad lineal crea una rítmica originada a partir de un desarrollo poético donde todo se convierte en formas. El hombre que pinta con la tensión musical que escuchamos; levanta de un lado para aventar en otro; describe acciones antes de que ocurran (¿es su conciencia o una presencia omnisciente?); fuma y escucha a niñas llorar y reír -reír y llorar que tal vez si no lo dijera olvidaríamos que suenan diferente- todo en una estructura general de diferencia y repetición. Una rutina predecible, y por lo tanto, interminable. Esto ya lo he hecho, piensa, no saldré jamás de aquí.

Imágenes que se separan conscientemente de la infinita ilusión de lo físico que conlleva el cine. A través del uso de formas del campo de la ficción se construye la diegesis con elementos que no responden, en primera instancia, a la lógica de la cotidianidad que alude la película. Sino a una diferente, no atada al tiempo como lo conocemos, en la que las personas son medios narrativos con los que interactuamos de manera únicamente formal (o únicamente a través de las formas que los representan). Entonces, sí termina respondiendo a la lógica de la realidad mencionada.

Imágenes por sí solas (imágenes en sí mismas) que, a través de su rompimiento con las normas estructurales cinematográficas, derivan en un replanteamiento de la realidad, de la que las imágenes dogmáticas nos separaron. Paradójicamente, el cine como el cine nos acerca al mundo al que refiere.

Recuerdos: unos los vemos, otros, en la manera que ve él. Como oprime el cuerpo. Como oprime la casa. Y como, a veces, podemos salir.

La esencia humana como móvil, transportable, transmutable. La separación de la rutina y la liberación de la soledad (¿hasta que punto esta separación se nos impone?) a través de un encuentro: con un recuerdo, con una conciencia. Una comunión física, un campo unificado, entre dos cuerpos (o tres). Como las partes del hombre comprenden un sistema, un cuerpo y los otros son un todo: multiples lados del mismo fenómeno. El encuentro fílmico y el encuentro humano son directamente análogos.

Él no está solo.[2]



[1] De Últimos atardeceres del mundo (Roberto Bolaño 2001: 33)

[2] Ibid (34).

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