RMFF 2016

LUCIFER

Gabino Rodriguez como el Diablo es suficiente para venderme una película. “Lucifer”, la más reciente película del autor belga Gust van der Berghe, que cierra una trilogía comenzada por la gran ópera prima El pequeño niño Jesús de Flander y continuada por la meritoria Blue Bird, vio al joven cineasta adentrarse en territorio michoacano y en la mitología purépecha. Aunque la relación con las dos partes anteriores de la supuesta trilogía me parece inexistente o muy poco clara, Lucifer por sí sola es, aunque la más floja de las tres, una película peculiar, extravagante, algo excesiva en su intento de parecer radical, pero a momentos brillante.

Los ojos extranjeros -parecieran vírgenes de México- de Berghe, le proveen de una mirada inusual y fascinante para retratar a una comunidad indígena. Acá no está el mexicano buscando lirismo miserabilista, ni el extranjero facturando pornomiserias; hay un ojo sensible y humanista detrás de la cámara que parece maravillarse con cualquier cosa que ve, la sorpresa antes del juicio.

El ángel Lucifer (de nuevo, Gabino Rodriguez genial, con todo y cortesito de pelo franciscano) llega de casualidad a un pequeño pueblo en Michoacán cuando se dirige hacia el infierno. En el bosque, se encuentra con las protagonistas de la historia, una joven mujer y su mamá, que están pastoreando a su pequeño rebaño. Lucifer les ofrece su ayuda y rescata a una ovejita perdida. A cambio, Lucifer come en el dulce hogar de la viejecita. La viejecita tiene un hermano, Emanuel -un personaje fundamental y un no-actor lleno de vida, proveedor de algunos de los momentos más geniales de la cinta-, que no puede caminar desde hace ya muchos años. Pasa su tiempo encamado. Más tarde, se revela que Emanuel en realidad está mintiendo, pues puede caminar perfectamente, y hasta apostar jugando cartas. Lucifer, al darse cuenta de dicho engaño, se aprovecha de la situación y “cura” a Emanuel, convirtiéndose -a ojos de las mujeres, y después, de todo el pueblo- en un ángel guardián que vino desde el Cielo mismo.

Para hablar de esta película es imprescindible e ineludible hablar de su formato. El “Tondoscope” (inventando justamente, para filmar esta película). Se trata de un círculo, más o menos como un ojo de pescado que, a pesar de tener toda una explicación conceptual que ustedes pueden leer por acá, francamente a mí, me pareció muy cansado y -casi durante toda la película- gratuito. Crea una imagen bastante peculiar que a momentos recuerda a Post Tenebras Lux (Reygadas, 2012) que da una especie de distanciamiento artificioso, bien ajustado a la película y a su fábula teológica, y también, hace algo con la iluminación que -a la Tsai en Journey to the West (2014)- hace a la ropa emanar una suerte de auras. Los rebozos en especial. El Tondoscope, resulta increíblemente funcional en algunas, poquitas, secuencias. Tengo en mente cuando Emanuel, buscando el perdón, se va al cielo (¿o al infierno?), o cuando Lucifer desaparece del pueblo. Durante casi toda la demás película, es bonito, pero agotador.

Lucifer parece una película que se esfuerza demasiado para ser radical. Inventar un aspect ratio y filmar en un país e idiomas totalmente desconocidos está bien, pero ser radical será otra cosa. Al final, Lucifer me resulta una película que, a pesar de tener secuencias maestras y una atmósfera general peculiar y bien entonada, le voy a recordar más el estar filmada en un formatillo “novedoso” que cualquier otra cosa que haya intentado construir en sus 104 minutos.

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