RMFF 2016

ME QUEDO CONTIGO

por Salvador Amores

A los pocos minutos de empezada, ME QUEDO CONTIGO (hermoso título), la ópera prima del artista plástico mexicano Artemio Narro, se plantea ser una especie de re-interpretación al ya-famoso trama de la corrosiva Funny Games (Michael Haneke, 1995) esta vez invirtiendo el papel de los perpetradores por un grupo de treintañeras yuppies. Inmediatamente en dicha acción se identificaría un posible discurso feminista, que afortunadamente, nunca se desarrolla. Puesto que el feminismo no es únicamente una inversión de papeles -mucho menos sexuales- entre el macho-dominante y la mujer, y es de suponerse que el director de la cinta lo sabe, se puede prontamente descartar esta interpretación. Se agradece.

Las cuatro mujeres condechi, –bien encarnadas por las actrices, especialmente Ximena González y Beatriz Arjona- tres mexicanas y una española, llegan a la magnífica casa de la “líder de la manada” (Ximena González-Rubio) en donde planean estar el fin de semana. Después de una noche allí, despiertan tarde y pasan el rato en la piscina, conviviendo. Su interacción sin un torturado de por medio se siente orgánica, honesta y bien lograda. Por la noche salen otra vez, a cantar Cartel de Santa y a saltar de bar en bar en busca de algún desafortunado. En lo que es probablemente la mejor secuencia de toda la cinta, en un bar de mala pinta, atrapan a un incauto vaquero viril y guapo, pobrecito. Y si vieron lo de Haneke ya saben qué le sigue.

Cuando la aparentemente única idea de la película -la inversión de roles- se evidencia, a ésta se le acabó también la gracia. La provocación gratuita es presentada al espectador en planos poco interesantes y letárgicos, que se comienzan a sufrir y quizás no en la manera en la que Narro tenía pensado que los sufriéramos. La contrastante selección musical popera a veces es tortuosa, obviadísima, proveedora de alguno de los momentos más pobres de la cinta; y la orgánica interacción actoral que se vio al comenzar la película es reemplazada por evidentes excesos de escritura. Las mujeres pasan una noche loca divirtiéndose con el vaquero y de paso nos presentan una que otra cosa acerca de ellas mismas.

En algún momento una de las mujeres cuestiona su figura al verse en el espejo y se desquita con el vaquero de nuevo. Dice sentirse aguada. Las películas también se aguadan si no tienen ideas detrás que las respalden. ¿Es acaso una pregunta tan simple y básica como ‘¿qué pasa si invierto un papel?’ suficiente para no caer en una provocación superflua?. Acá actrices bien medidas, algunos planos secuencia ejecutados magistralmente, y la meritoria decisión de dejar fuera de cuadro algunos momentos morbosillos (a la Haneke, otra vez) no son suficientes para esconder un evidente vacío discursivo y la aparente desesperación en todo momento por ‘crear’ una voz autoral propia.

Ojalá pudiéramos envolver todas estas provocaciones en una sábana, llevárnoslas en una Suburban y botarlas en un desierto. Como al vaquero torturado. Al final, digno de The Hangover (Todd Phillips, 2009), la llamada y los tacos. Se acabó la aventura. Todo normal. ¡Y todo era una película! como si hubiera que evidenciarlo todavía más.

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