RMFF 2016

MEMORIA OCULTA

por Salvador Amores

Hoy parece haber en los cineastas jóvenes con un poco de sentido de las vanguardias en el cine, una especie de tendencia de hacer documentales acerca de sí mismos (familiares, casas, etc.). Los resultados, a veces, son películas increíbles: los documentales de Kawase, Papirosen de Gastón Solnicki, L’image manquante de Rithy Panh. En México se ha visto en numerosas ocasiones, con resultados tanto geniales (Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo de Yulene Olaizola) como desastrosos (Lejanía de Pablo Tamez). El problema de este tipo de películas es saber alejarlas del mero egocentrismo.

Memoria Oculta en su primera mitad, tres entrevistas que sugieren la construcción a partir de testimonios, de un momento en la vida de la directora que ella ya no recuerda, la acerca a territorios de película capricho. ¿Es realmente -ya no se diga importante, o interesante- suficiente para sustentar una película, la mera narración atestiguada de un episodio en la vida del autor?. Quizás no. Pero que no se demerite, que se sepa también que hacer una película sobre sí mismo no es la tarea fácil que a veces un espectador podría creer que es. Es fortaleza y resistencia. Memoria Oculta lidia con un suceso de bastante importancia para la cineasta, y aunque su error resida en justo ser una película hecha para ella misma que por ende se resiste a funcionar plenamente como objeto de interés para algún/cualquier espectador ajeno total a su autora, es una intención y una noción meritoria; el arte como un exorcismo. La primer mitad, que nos sitúa en contexto, son tres entrevistas en composiciones interesantes, pero de contenido dramático -y cinematográfico- cuestionable, que carecen dinamismo por una edición patosa y que convierten gradualmente la película en un tedioso ejercicio (¿estudiantil?) -reitero- quizás demasiado personal.

Afortunadamente la segunda mitad de la película la salva de ser meramente un ego-trip y la sitúa en terrenos menos predecibles, imágenes al azar que se interpretan como los recuerdos de alguien. Pues el cine, como diría Apichatpong Weerasethakul, no son más que recuerdos. Percibimos los recuerdos siempre como imágenes inconexas, que a veces jamás fueron verdaderas, imágenes que nos persiguen, a las que nos aferramos sin siquiera saber lo que son. Los recuerdos son azarosos, enigmáticos e imposibles de entender. Pero para cuando esta interesante reflexión y plasticamente bello segmento llegan a la película de Eva Villaseñor, aquellas eternas entrevistas le han quitado toda la posible vida que pudo haber llegado a tener. O al menos, mi interés.

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