RMFF 2016

Las vías son venas si se ven desde suficiente distancia

sobre The Iron Ministry (J.P. Sniadecki)

texto por Pablo Escoto

Las vías son venas si se ven desde suficiente distancia. Que incluyen o excluyen -probablemente excluyen, por eso cabe la cámara- a los pueblos más lejanos; pero frente al lente no falta nada. Las venas son vagones también (si te acercas). Habitados por alguien que nunca seremos, que tiene el asiento marcado (en esto nos parecemos) por los viajes de Beijing a Moscú, de Guangzhou a Lhasa -cien horas suenan fácil- pero J.P. se mantiene de pie.

Si te acercas, dejarás de ver los bordes de las cosas. Si te alejas un poco verás las caras, las manos, la fruta, las conversaciones de los pasajeros. Si te permites acercar lo suficiente a las imágenes, podrás ver el esqueleto móvil de un país.

Después de diez años de circular estos trenes -viendo a amigos, moviéndose de orbes gigantes a zonas rurales, realizando cinco documentales (y uno en Queens)- Sniadecki observador y ahora íntegro partícipe de esta cotidianidad, presenta tres años de circular con una cámara. Siempre buscando la fuerza multivalente de la imagen y presenciando la experiencia física, estando inmerso en esta de la misma manera que espera estemos en la película, porque si no no vemos nada (o sólo a nosotros).

El oriente no tuvo a Euclides, decía McLuhan. Allá, espacio sonoro. Aquí, espacio visual y éste es lineal: lógico. Por lo tanto, no reducir las imágenes a sus propiedades proposicionales o paralingüísticas, como lo hace (hizo y hacen los integrantes del SEL) es una resistencia directa al orden verbal al que estamos acostumbrados. Su lenguaje es una variante poética de narrativas encarnadas (en carne viva), que explora la experiencia a través de su inscripción en los cuerpos.

No solamente los vemos a ellos, sino ellos nos ven a nosotros. El sujeto es observado y observador. En palabras de Didi-Huberman: “frente a cada imagen debemos preguntarnos como nos ve, como nos piensa y como nos toca”. La cuestión está en indagar que hicieron nuestras manos, solo los teólogos sueñan con imágenes que nadie haya tocado (esto también lo dijo Didi-Huberman).

La película se sustenta en la fluidez de las líneas que es frente a nosotros el flujo de nuestros nervios. Las imágenes sonoras asemejan un estudio de Schaeffer potenciado por setenta años de tecnología y la brillante agudeza de Karel. Éstas, creadas usando el micrófono integrado de una Panasonic (para no ceder su imagen de no-reportero por usar un boom), expresan el poder evocativo de los ruidos y una música de los objetos -ese lenguaje de las cosas- perteneciente directamente al reino de lo orgánico. Al igual que este registro físico, la cámara, como ausencia que estructura (y consciente de ello), captura conversaciones que a veces no la observan, y a veces son detonadas por una voz en off que interpola la imagen; acciones cotidianas y elementos de la maquinaria, que como un Todo permiten una presencia inmaterial que excede a las explicaciones creadas a partir de una traducción verbal de la praxis.

Transitando entre la abstracción y la definición objetual (detalles y ruidos; caras y voces), que produce un transito receptivo entre la hipnosis y el análisis, ver The Iron Ministry es una experiencia que resiste a la decodificación semiótica, por lo que busca un recibimiento de otra índole. Y, gracias a la libertad otorgada (libertad que también significa autoridad) nos encontramos ante una responsabilidad única. Pues en palabras de Castaing-Taylor: la observación que no es participativa y autoreflexiva, no es humana.

Leave a Reply