RMFF 2016

PLAN SEXENAL

El thriller es un género poco explorado en la cinematografía nacional, ya no digamos logrado. Santiago Cendejas, para su ópra prima, se planteó realizar un thriler psicológico protagonizado por Harold Torres (González) y Edwarda Gurrola (Me quedo contigo) que interpretan a una pareja de recién casados envueltos en un acertijo mental, cuyos primeros 35 minutos -los mejores- presentan una colonia residencial en un México aparentemente del futuro, donde los vecinos -por acá aparece la Congelada de Uva en un cameo como la anciana calenturienta que vive al lado- lo que quieren, y han tenido hasta la llegada de Harold y Edwarda, es tranquilidad; y parece haber un complot implícito en contra de estos nuevos inquilinos por parte de los mismos vecinos y por ahí un policía burlón.

Hasta ahí la película se desarrolla de manera formidable. Espléndidamente  dirigida para ser una cinta de género -casi extintas en nuestra latitud-, Cendejas emplea película de 16mm para lograr una atmósfera visual muy tensa y texturizada. Los actores la mayor parte de la cinta están en un tono parejo, y la película es hasta ahora lo que cualquier thriller quiere ser: muy tensa, intrigante, sobre todo entretenida. Después de eso, la trama toma un camino impredecible pero un tanto desesperado, buscando “confundir” al espectador con un enredo mental que recuerda a los excesos de escritura de Christopher Nolan. Un vagabundo que los observa toda la noche desde la acera de enfrente, parece conocerlos íntimamente y con ello desatar problemas previamente imprevistos. Surgen conflictos de identidad.

Plan Sexenal, que toma su nombre de un deportivo, es una ópera prima que busca abrirle paso a un tipo de cine poco visto en nuestro país y lo hace con recursos mínimos (1 millón de pesos, de inversión privada). Recuerda a ratos al cine de su productor, Gerardo Naranjo, también preocupado por películas menos autorales y de construcciones dramáticas poderosas. Al final, Plan Sexenal no suma mucho, pero es una cinta que merece la pena ser vista como un meritorio ejercicio de género y una prueba de que en el cine mexicano hay de todo; de dulce, de mole y de verde.

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