RMFF 2016

EL CUARTO PROHIBIDO

Texto por Carlos Enrique Díaz

Es en verdad apasionante ver en gran pantalla alguna obra de Guy Maddin pues presiento que su particular quimera puede llegar a ser inabarcable para cualquier óptica humana en ese sinfín de retazos y capas habilmente manipuladas a su exclusiva sepia sin cesar. Detallista generoso,  el autor de My Winnipeg articula en The Forbidden Room, un concierto de gestos y rastros expresivos que revelan lo instintivo ante algún miedo acechante, instalado en el inconsciente del ser, renunciando al estatismo del pesar y escarbando de modo reversible a los confines de la mente. Esta indagación en los sueños y la memoria descifra la posición esclarecedora del realizador con respecto a las añoranzas que se remitirán en todo caso a personas que niegan ser quién son, sabiendo o no si lo son, como también a individuos expuestos siempre al robo, al rapto y otro peligro, confiriendo múltiples citas en especial Keatsde premisa anunciante. Re estilizada, lo explícito yuxtapone la psicología de los personajes a la hora de remembrar los traumas ya sea en primera persona o grupal (incluso el actor puede llegar a caracterizar uno y varios perfiles o interpretar el mismo en diversas aventuras) en una escalada churrigueresca de efectos, ciertamente rumbo a lo desatado. Volcanes, baños, vehículos, incluso un submarino cuya principal abertura podría constatar una introspección más elevada donde lo simbólico toma preponderancia sin perder interés ni entretenimiento pues jamás abandona la graduación lúdica de la obra. Imprescindible su ambiental música, evocadora coherente de hauntología radical intercalada con la mudez oportuna a este documento de exploración hacia lo pretérito, repasando patologías, culpas y complejos que el espectador identificará, dado el contexto. Aun si los protagonistas doblan papeles, es largo el reparto de participantes: reconocidos nombres entre otros como Geraldine Chaplin,Mathieu Amalric y Louis Negin, este último acostumbrado a laborar con Maddin que en esta ocasión, codirige el film con su alumno Evan Johnson, se amoldan disciplinadamente al mundo surrealista del canadiense. Ahora, personalmente el reparo que tengo con TFR es su excesivo aviso al desarrollo de su acción, quitándole cierta contigüidad y claro, sorpresa a sus enmarañadas historias cuyos cierres quedan con algo de desfuerzo… ¡Qué más da! Visionar una película de Maddin y dejarse seducir por su imaginativo resulta de por sí captar toda una experiencia alucinante.

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