RMFF 2016

LOS MUERTOS

por Salvador Amores

Los Muertos, en un principio, parece ser una revalidación de lo que Déficit (García Bernal, 2007) intentó -muy fallidamente- hacer: una convivencia entre riquillos valemadristas y “prole” común y corriente, y a partir de ello, reflexionar acerca de la dualidad de la sociedad mexicana contemporánea. El México real y el México de cristal. Este tema ha sido tratado ya una infinidad de veces, con resultados tan satisfactorios como Este es mi reino (Reygadas, 2010) y tan fallidos como… Déficit. El desliz y quizás -también- la astucia de Los Muertos reside en que a Santiago Mohar, a media película, se le agota la reflexión.

La película comienza presentando a los chavos fresa que veremos a lo largo de la cinta en su trayecto a una fiesta en la Ciudad de México. Todos se quejan del tráfico y de los nacos y del país, como siempre. Son realmente insoportables los chamacos. Al llegar al magno evento, toman mucho, se cuentan algunas anécdotas de secuestros y asaltos, y cuando termina, al más borracho le ocurre una tragedia. Cometida por un moreno, porque como bien lo dice Andrea (Tessa Ía) en su auto, -cuando eres rico- todos los morenos te quieren secuestrar.

Al acabarse la fiesta todos regresan a sus casas y al día siguiente se irán a la casa de fín de semana de uno de los chavos, que queda en alguna provincia cercana a la Ciudad. Allí transcurrirá lo que le queda de duración a la pelicula. Una convivencia actoral bastante meritoria, los 5 juniors que buscan diversión están en todo momento temerosos de lo que hay a su alrededor: México. En uno de los momentos más brillantes de la cinta, Santiago -el más detestable de todos- cuenta un relato imaginado en el cual los zetas entran a la casa y se los “madrean” y “violan”. Mohar acá ilustra brillantemente la hipotética situación, los juniors amordazados, en ropa interior; para después solo regresar a su cotidiano-peda, con admirable naturalidad. Que todo se mantenga en el mismo tono, violento y al mismo tiempo pausado, con un miedo latente, es un acierto grandísimo y algo análogo a lo que significa vivir en este país en pleno 2015.

Santiago Mohar, no parece querer aleccionar acerca de la imbécil burguesía ni de lo triste y poco moral que es este país: nos muestra a un grupo de jóvenes de clase alta tal y como son, ni pendejos ni genios, sólo son. Ensimismados, arrogantes, jóvenes: víctimas y también ganadores en el México contemporáneo. La relación tensa y de total incomunicación entre un México y el otro. El miedo. Y todo ello lo hace de una manera honesta, que jamás juzga ni privilegia a ninguno de sus personajes; con la distancia pertinente y los recursos cinematográficos -ni muchos ni pocos- necesarios.

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