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LA MALDAD

por Salvador Amores

Un imponente volcán y la ceniza que sale de su cráter son los protagonistas del plano de casi 10 minutos con el que abre La Maldad, la ópera prima de Joshua Gil, -quien comenzó su carrera en nada menos que el departamento de fotografía de la ya legendaria película de Carlos Reygadas, Japón- poniéndonos en cara el ritmo que llevará la película por los siguientes 64 minutos y al estilo de cine que pertenece. Un minimalismo derivativo, pero logrado y verdadero.

Un campesino muy anciano -uno con una carita angelical y una presencia ante la cámara que emana genialidad en cualquier secuencia en la que aparece- quiere hacer una película. Tiene un guión calificado -por el mismo- como el mejor guión de toda la historia, uno que narra una historia de amor contada en 12 canciones escritas, compuestas e interpretadas por el mismo anciano. Calcula que necesita millones de pesos para realizarla y quiere hacer un viaje a la Ciudad de México para solicitar dicho apoyo financiero de la institución que -según él- se lo puede brindar, el IMCINE (Instituto Mexicano de Cinematografía). Todo esto se lo cuenta a su amigo, otro campesino muy anciano que pasa sus días descansando y en una cantina bebiendo aguardiente.

Aquella es la trama de la película, que realmente jamás se desarrolla. Joshua prefiere mostrárnosla en aparentemente desconectados momentos, todos unidos por un hilo conductor sutil y latente: la desgarradora situación social que se ha vivido en nuestro país desde hace ya varios años. Suena a película extremadamente ambiciosa, pero en realidad se trata de una exploración minimalista que a momentos carece de contenido, pero se erige como una ópera prima que a diferencia de muchas otras, busca.

La Maldad no continúa lo que plantea inicialmente; termina por irse por el camino más urgente, quizás el único y el más honesto. Esto es íntegramente La Maldad: una película honesta. Una búsqueda, que aunque a momentos lejos de su máximo potencial, se nota sumamente personal – los dos ancianitos que protagonizan son los abuelos del director, y el guión del ancianito principal realmente existe. ¿Y qué es más honesto en una película así, que la ineludible politización? Una emotiva marcha en las calles de la ciudad de México es el punto cumbre de la película. Al grito de “¡ASESINO!” mientras el Presidente de la República venera a los héroes de la Independencia, la verdadera Maldad se muestra. Está ahí. Lo que a veces le hace falta a los autores nacionales es estar enojados. La Maldad es una película de denuncia, una rabieta honesta. No sorprende entonces que el plano inicial sea un volcán en plena actividad. Este país es un volcán.

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