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NOCHE DE RESURRECCIONES

por Salvador Amores

NOCHE DE RESURRECCIONES -titulada así por el poema de 1942 escrito por Octavio Paz- es la ópera prima del mexicano Raúl Rico. Es la historia de una familia, papá mamá e hijo, que llega a la costa pa’ quedarse.  Dividida en dos partes, la primera es la narración elíptica, rarificada, de la pubertad de Chago: el introvertido y casi mudo hijo único. La relación con su padre con quien no parece tener mucha afinidad, la pesca, la fiesta familiar, su cotidiano. La segunda, quizás con un tono observacional más provechoso, es Chago adulto, sin vestigios de su intimidante y excéntrico padre ni de la -casi por completo ausente- madre. Chago adulto convive de manera más orgánica y cómoda con su entorno, con los pescadores, los trenes, con el paisaje, se le ve -siempre callado- a la espera de algo, que parece nunca llegar.

Pero Rico no se contenta, obviamente, con contar una historia de coming-of-age, ni siquiera, con contar una historia. Para el joven director es más importante una específica manera de filmar, de trabajar, de pensar el cine. No siempre acertada pero su mirada no es la de un explotador en busca de la provocación gratuita, que bien podría estar a la vuelta de la esquina en ciertas ocasiones; es la de un observador sensible, al alba simplemente de momentos, y de maneras poco convencionales –aunque a veces patosas -  de presentar dichas viñetas. Noche de resurrecciones son momentos, en la vida de Chago, en el hermoso paisaje de Mazatlán, en los rostros de los alegres y vivaces pescadores filmados con la distancia y valor suficientes con los que la influencia más perceptible, el maestro mexicano Carlos Reygadas, filmaría a los suyos. Hay aquí una especie de búsqueda por mistificar la simple historia del paso joven-a-adulto, una manera de filmar los rostros y a los seres humanos  como si pertenecieran al paisaje de una manera orgánica y no estuvieran insertados en él, una analogía quizás consciente al contenido del hermoso poema homónimo de Paz.

En uno de los momentos más bellos de la película, el de la transición entre el Chago joven y el Chago adulto, una puesta de sol espléndidamente fotografiada es observada casi en su totalidad. Llega la Noche de resurrecciones. El sol, majestuoso, brilla y después se esconde. Lo que hay aquí es un cineasta, cuyo talento a ratos brilla y otras veces se esconde. Noche de resurrecciones, aunque por momentos difusa y ensimismada, muestra con certidumbre la relevancia que tiene una búsqueda honesta y profunda por sobre el cinismo y la complacencia. Como el poema de Paz que cita, la película, casi seccionada, no se contenta con su propia forma, cambia, es heterodoxa. Y quizás no quede muy claro si Rico se propuso filmar lo que el contenido del poema sugiere: la relación del hombre con su entorno, con el agua, y con la noche; pero su bisoña y apremiante visión es más que bienvenida.

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