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Entrevista con Andrés Duque, “Oleg y las raras artes”

Andrés Duque es un cineasta hispano­venezolano activo desde el 2004, cuando lanzó “Ivan Z”, retrato del cineasta experimental Iván Zulueta que le valió una nominación al premio Goya. Duque regresa a su particular estilo de retrato documental con su más reciente obra, “Oleg y Las Raras Artes”, filme que aborda a un particular personaje: Oleg Karavaichuk, pianista ruso de 89 años que interpretó como niño prodigio unas piezas para Vladímir Ilich Ulianov, mejor conocido como Lenin, y que también compuso piezas para filmes de renombrados cineastas como Kira Muratova y Sergei Paradjanov.

Tras su estreno internacional en Festival de Rotterdam, “Oleg y Las Raras Artes” llega a las pantallas mexicanas de la mano del Riviera Maya Film Festival, siendo un filme imperdible dentro de su programación. Su director nos concedió una entrevista.

PEDRO:­ Oleg Karavaichuk es el alma de tu filme, “Oleg y Las Raras Artes”, ¿nos puedes contar un poco de cómo llegó este personaje a tu vida y en qué momento decides filmarlo y por qué?

ANDRÉS DUQUE: Siempre he sido melómano coleccionista de todo tipo de canciones. Llevo una colección digital de ya más de 15 mil canciones seleccionadas que lanzar al espacio. Entre ellas la música de Karavaychuk, a quien descubrí por accidente y que compré sin saber quién era. Como La Tiendita del Horror o los Gremlins, había comprado un disco vampirizante sin saberlo. La música de Karavaychuk te deja en estado de trance.

Pero no fue sino hasta muchos años después que supe quién era el hombre detrás de esta música. Gracias a una amiga, Karina Karaeva, que empezó a hablarme sobre él y a alimentar mi interés. Fue así como me envalentoné y fui a buscarlo. Tardé muchos meses pero di con él gracias al azul, al color azul. Una coincidencia cromática inesperada que rompió su hermetismo y nos permitió conversar. Él hubiese pasado perfectamente de mí el día que en complicidad con Boris generamos un encuentro supuestamente casual, en Gorkiy Park, y tanto él como mi intérprete como yo, íbamos vestidos de azul. Él se dio cuenta y nos invitó a sentarnos en el césped y conversar. Él se da cuenta de estas cosas y pueden cambiar su rumbo. Así lo hicimos. Hablamos de muchas cosas y quedó abierta la posibilidad de plantear una película.

Fue entonces que empecé a entrever verdaderos rasgos de genio. Su manera de hablar, de asociar ideas, su gestualidad y desde luego su música, tan rara e imperfecta como mágica. Había algo muy fino y sensible que lo unía todo. Quería filmar eso. Que mi idea de lo que es el arte sea hacer visible esa conjunción de características que Oleg tenía.

P:­ Con personajes tan fuertes como Oleg que se vuelven la película, imagino que el trabajo se vuelve muy complicado ante la dependencia hacia el personaje. ¿Qué tanta influencia tuvo Oleg durante y con lo que observas como producto final?

AD: La relación de dependencia es inevitable en cualquier trabajo inmersivo, pero la dependencia era mutua. Entendí que Oleg necesitaba de mí, para que su voz no quedara en el olvido. Quizás el mayor problema que tuve fue el no hablar ruso y esto hacía más difícil mi comunicación. Pero había entre nosotros un respeto enorme, al punto que en un momento del rodaje decido que nuestro juego consistiría en un juego de niños. Cada espacio escogido para filmar sería un lugar mágico: un cuento de Gogol, un Neverland, una antesala de la muerte. Esto le daba a él la posibilidad de improvisar y a mí también. Nunca había planteado antes realidades tan poéticas. Él me ayudó a acercarme a una poesía que en otras condiciones hubiese tardado mucho: la poesía inconforme. Al final en la película hay una transferencia, él acaba evocando España y yo he hecho una película muy rusa. Claro que siento que yo he aprendido más de él que él de mí. Pero si piensas que se trataba de una guerra de egos, te equivocas. En ningún momento yo quería imponer mi ego, sólo quería seducirlo para que se sintiera a gusto y dejar que la poesía saliera espontánea. Y esto no es fácil y requiere de paciencia.

La película son esos momentos espontáneos de poesía, nada hay que sea formulado, pensado, con guion. Son fragmentos de sus últimos recuerdos. Un gran hombre fue sin duda y nadie implicado en el proyecto lo dudó, aunque a veces nos sacara de quicio.

P: ­¿Oleg ya tuvo la oportunidad de observar el filme, qué opina del mismo?

AD: Tuvimos la oportunidad de invitar a Oleg a España, al festival de cine de Navarra donde se estrenó a nivel nacional. Al salir de la sesión me dijo: “Andriosha, muchas gracias, has hecho una película sensible, frágil y traviesa. Wagner estaría orgulloso”.

P: ­Como artistas, Oleg y tú comparten una vinculación en la creación experimental… ¿Lo consideras así?

AD: A mí me gusta sentir que mis películas son libres: libres del los cánones del cine contemporáneo, libres del marketing, del éxito y el dinero. Me gusta ver cómo mis películas crecen y cambian con el tiempo y también para el espectador. Son incómodas, pero capaces de volar. Es mi idea de cine. Estoy harto de ver tanto cine siguiendo reglas para asegurar cierto éxito. Éxito, ¿para qué? La felicidad es ver una película que sale de la nada, incluso de una idea muy loca y causa un efecto positivo y emocional en el espectador. Que los deje incómodos, temblando, con ganas de perderse en el mundo. Que piensen que el cine es un gesto y no una estrategia. Esa es mi idea de cine.

P:­ El filme, más que ser una biografía, es un retrato del proceso creativo de un artista diferente. ¿Cómo planteaste filmar esto?

AD: Descubrí en el proceso que lo que más me interesaba de Oleg era ver cómo se conjugaban palabra, cuerpo y música, y en su caso requiere de un tiempo que excede los límites de duración. Esa fue mi apuesta: si el público es capaz de olvidarse de la duración de un plano porque lo que está ocurriendo es otro tiempo superior más hermoso que merece ser disfrutado, entonces me sentiré muy feliz.

AUTOR DE LA NOTA
Pedro Emilio Segura Bernal
OCUPACIÓN: Distribuidor (La Ola) / Programador (CineClub Continental) / Crítico (Freelance)

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